Por qué culpamos al cambio climático?
Una tendencia, más o menos reciente, es culpar de todo, o casi todo, al cambio climático. Cada helada, sequía, alud, huracán, aumento de precio, incendio, caída de la bolsa, retraso de la floración o adelanto de la migración, son consecuencia directa o indirecta del incremento de la temperatura de la atmósfera del planeta.
A inicios de este año un par de artículos científicos (Pall et al y Nim et al) propusieron que al menos una parte de los eventos climáticos extremos de los últimos años serían consecuencia de un incremento de la temperatura global. Esto no significa que TODOS los eventos extremos tengan una correlación directa con la mayor temperatura sino que su PROBABILIDAD, bajo ciertas condiciones, sería mayor. Estos estudios prueban de manera estadística y sobre la base de grandes bases de datos climáticas que es posible detectar las señales del cambio aún cuando no sea posible conectarlos en una relación causa-efecto convencional.
Esto conlleva dos problemas, al menos desde mi punto de vista. Primero, la percepción de que los eventos extremos serán más frecuentes en un clima futuro alterado. Para empezar, el concepto de “extremo” tiene que ser evaluado. Una sequía de tres a cinco meses es un evento extremo de una magnitud y génesis distinta a una ola de tornados o lluvias extremas. Para comparar eventos extremos hay primero que ordenarlos en categorías bajo un esquema transparente de criterios objetivos. Recién entonces se podrían comparar y utilizar como una base de datos adecuada para un análisis riguroso. En el interim hay que recordar que incluso los modelos de proyección del clima futuro más avanzados no son capaces de detectar estos eventos extremos. Además, todavía se discute en los círculos académicos si en realidad se presentará una mayor frecuencia de estos eventos o simplemente veremos una transición a un nuevo estado de equilibrio en el clima. Y esto sin considerar las escalas locales que pueden presentar microclimas en función de la topografía y la cobertura del suelo.
El mayor problema, nuevamente desde mi punto de vista, es la forma que se están abordando estos “cambios climáticos” en las estrategias de adaptación que desarrollan estados, ONGs y comunidades locales. De alguna manera, se ha entendido adaptación como la forma a través de la cual mantenemos nuestros modos de producción en un escenario de cambio climático. De este modo, si el problema es el incremento de heladas, lo que debemos hacer (sensu este enfoque) es mejorar las posibilidades de que los pobladores, sus animales o sus cosechas resistan mejor las heladas y puedan afrontarlas exitosamente. Idem para las sequías, utilizando semillas “más resistentes” o para las inundaciones, empleando nuevas técnicas de cultivo que permiten sobrellevar el exceso de agua en el campo y durante la cosecha o el almacenamiento. En general, el enfoque no estaría mal si estuvieramos hablando de adaptación a la variabilidad natural pero es peligrosamente engañoso pensar que será posible enfrentar a eventos extremos en situaciones de alta vunerabilidad social y manteniendo los sistemas productivos actuales. Como he señalado antes, la primera opción de adaptación al cambio climático es la erradicación de la pobreza y en particular en aquellas zonas donde la vulnerabilidad natural y las condiciones sociales son más extremas y pueden causar la mayor pérdida de vidas humanas. Enfoques más ortodoxos que pretenden mantener a los pobladores haciendo prácticamente lo mismo “pero mejor” pueden ser bien intencionados pero lamentablemente son a la vez trampas de arena para la supervivencia de las poblaciones involucradas.
Tal vez uno de los mejores ejemplos de este enfoque utópico de adaptación esté en los terrenos bajos de producción de arroz en India o Pakistán en los cuales se invierten muchos recursos para adaptar a los cultivos a sobrellevar condiciones variables de lluvias, inundaciones y, recientemente, a la salinidad que podría acarrear el incremento progresivo del nivel del mar. Un reciente trabajo de Chen et al a ser publicado en Climatic Change presenta un modelo económico del precio del arroz que responde a las variaciones en rendimiento y en el nivel del mar. En síntesis, la magnitud de los cambios esperados no se limita a la menor producción y por ende el mayor precio sino además a la disrupción de las economías de escala de los países tradicionalmente exportadores. Dicho de otro modo, se podrían salvar algunas cosechas pero serían insuficientes para atraer el mercado de exportación (con un mejor precio) y por tanto deberían ser consumidas localmente. Esto bajo condiciones de escasez y colapso institucional, no necesariamente implica un mejor precio sino, por lo contrario, la pérdida completa del valor de la producción por robos, saqueos, confiscaciones u otros factores de índole social. Cómo responda la sociedad a estos desastres naturales depende de la cultura y la institucionalidad establecida previamente. En este contexto, los esfuerzos de adaptación deberían concentrarse en fortalecer la institucionalidad y valores como la solidaridad o la responsabilidad compartidas en lugar de concentrar esfuerzos en el extremo minimalista del problema.
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